Existió una vez un hombre extremadamente rico que, a pesar de tener muchísimo dinero, tenía una naturaleza auténticamente mezquina. No soportaba el hecho de gastar ni siquiera un centavo de su dinero. Cada vez que eso sucedía, la pena más profunda embargaba su corazón.
Un hermosos día un monje fue a visitarlo.
El monje le dijo:
-Suponga que mi puño estuviera cerrado así para siempre, desde el nacimiento hasta la muerte: ¿como llamaría a esto?
-una anormalidad- respondió el hombre rápidamente.
-Suponga ahora que esta mano estuviera abierta así para siempre, desde el nacimiento hasta la muerte: ¿ como llamaría a esto?
Un hermosos día un monje fue a visitarlo.
El monje le dijo:
-Suponga que mi puño estuviera cerrado así para siempre, desde el nacimiento hasta la muerte: ¿como llamaría a esto?
-una anormalidad- respondió el hombre rápidamente.
-Suponga ahora que esta mano estuviera abierta así para siempre, desde el nacimiento hasta la muerte: ¿ como llamaría a esto?

Encantado con la aparente simplicidad de las preguntas, el hombre contesto:
- Eso también seria una anormalidad.
- Exacto-concluyó el monje-, solo es preciso que usted comprenda realmente la conversación que acabamos de mantener para que se convierta en una persona rica y feliz.
- Eso también seria una anormalidad.
- Exacto-concluyó el monje-, solo es preciso que usted comprenda realmente la conversación que acabamos de mantener para que se convierta en una persona rica y feliz.
4 comentarios:
Me encanta. A veces, lo que hace presisamente que dejemos una novela en la mesilla de noche es la extención a no ser que sea una novela muy intersante. Por el contrario tu cuento no es extenso, podriamos decir inlcuso que no llega ni a las dimensiones de un relato o de una parábola. Sin embargo,al leerlo me ha quedado tan buen sabor de boca como el que me quedaba al leer a Saramago o a Iriarte.
Felicidades.
Gracias, espero que los siguientes te gusten como este.
Como siempre digo, los extremos se tocan.
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